
Otra vez me estás mirando así. Tienes los ojos vacíos y hundidos, como sin manos, como sin abrigo, sin caricias. Ya te olvidaste de lo de ayer. Otra vez hay hambre en tu mirada y necesidad de que mi voz te hable, despacito.
Ya no sé ni cómo contártelo otra vez. Te lo conté mil veces. Ya se me termina el ingenio y, a veces, hasta las ganas. Pero te escucho ronronear y dar vueltas sobre lo mismo. Y me quedo en silencio, intentando buscar dentro de mí algo que aún no te haya dicho.
Entonces escarbo en los pozos de mi memoria. Escalo montañas de arena en mi imaginación buscando algún detallito. Subo escaleras, a ver si allí encuentro algo que sacie tu avidez. Ese trocito de relato que aún no había encontrado y te lo cuento. Y por hoy, tan sólo por hoy, te cambia la expresión.
Dejas escapar todo el aire que tenías guardado. Algo de tranquilidad te vuelve al rostro, las manos dejan de temblarte y tus ojos se cierran mientras te inclinas hacia atrás en la silla. Algo sucede en ese momento. Algo maravilloso sucede que no alcanzo a comprender.
Ese nuevo eslabón en la historia que cada día te invento, te lleva a un sitio de luz, que dura unas pocas horas, porque mañana, en algún momento del día, vas a volver a mirarme así. Con los ojos huérfanos. Y yo voy a desesperar como siempre. Mientras hurgo en mis bolsillos, en las carteras que no he vuelto a usar, en la chaqueta gris que me queda grande, en las esquinas del barrio viejo, en el cajoncito de la mesa que está arrumbada en mi cuarto. En las cajas de zapatos que guardo por las dudas, en el contorno de los ojos que no me miran como yo quisiera, en los pasos que voy dando cuando parezco que camino sola. Y tal vez -con suerte- encuentre otro eslabón para contarte.
Ese es mi desafío de cada día. Enfrentarme a tus ojos huérfanos.